El trabajador aumentado y la IA

«Come, writers and critics, who prophesize with your pen / And keep your eyes wide, the chance won't come again / And don't speak too soon, for the wheel's still in spin»

— Bob Dylan, The Times They Are A-Changin'

De la desconfianza socrática a la dirección sintética: la evolución del trabajo no es el reemplazo de la mente, sino la amplificación de nuestro criterio.

Algo sintomático que ocurre cada vez que emerge una nueva tecnología es el temor ante sus consecuencias. Aunque la escritura era ya una práctica antigua, Sócrates —un hombre de muchas luces— desconfiaba de esta y de sus efectos en la memoria justo cuando se estaba imponiendo como el principal vehículo de transmisión en la antigua Grecia.

Las ciencias médicas son un ejemplo claro de la continua oposición frente al avance. Sabidos son los tabúes medievales frente a la disección de cadáveres, que motivaron las luchas de esforzados practicantes de esta ciencia contra sectores de la Iglesia católica y el dogma de Galeno por ampliar el estudio de la anatomía humana.

En el siglo XVIII, la introducción de la vacuna contra la viruela provocó la aparición de grupos antivacunas (algo de eso vimos a raíz de la pandemia de 2020) clamando contra la práctica “impía” de introducir material de animales en el cuerpo humano. Son solo algunos ejemplos de la resistencia al cambio de los paradigmas establecidos.

Aunque el movimiento ludita en la Inglaterra de la temprana Revolución Industrial —cuando artesanos y tejedores iniciaron una cruzada contra la maquinaria industrial— sea el episodio más conocido de esta lucha frente al cambio tecnológico, no resulta un hecho aislado. En la misma Inglaterra, los primeros autos provocaron la desconfianza de un sector de la población, lo que motivó que incluso se les prohibiera superar la velocidad de 6 km/h en los inicios de su masificación.

En la década de 1920, la radio era vista como un destructor de la socialización y de la familia que provocaría el aislamiento de las personas embelesadas por sus transmisiones. Algunos médicos incluso llegaron a considerar que tendría efectos nocivos en la capacidad de concentración de las masas.

De la misma forma, en la década de 1950 la televisión fue vista con horror por intelectuales y académicos que profetizaban que iría contra los hábitos de lectura y promovería estilos de vida sedentarios. Entre las décadas de 1970 y 1980 se reportó el síndrome de la “cibernofobia”, que provocaba un pánico irracional frente a los equipos informáticos, vistos como invasivos y deshumanizantes.

Internet, en sus primeros años, fue denunciado como un eco de las mismas críticas hechas en su momento contra la radio y la televisión, viendo en la sombra de esta nueva tecnología la gestación de generaciones de antisociales y solipsistas.

Afortunadamente, como dijo el economista norteamericano Paul Samuelson en alusión al alarmismo de los expertos: «Los índices de Wall Street han predicho nueve de las últimas cinco recesiones». Y aquí estamos, preocupándonos por la próxima crisis por venir.

La llegada de la Inteligencia Artificial

Aunque solemos pensar que es un hecho reciente, la génesis de la Inteligencia Artificial ocurre entre 1940 y 1950 de la mano de Alan Turing, célebre además por el famoso Test de Turing, el cual pretende evaluar si el desarrollo de la IA le permite alcanzar un grado de fluidez conversacional que la haga indistinguible de la de un ser humano. En cuanto al término tal como lo conocemos, surge en 1956 en la Conferencia de Dartmouth, organizada por John McCarthy.

Desde entonces hasta la actualidad, las investigaciones han ido avanzando más y más junto con sus aplicaciones prácticas. Incluso hoy, el movimiento transhumanista habla con fervor casi religioso de la “Singularidad tecnológica”: el momento en que la IA alcance y supere el nivel del razonamiento humano, instante en el cual el desarrollo tecnológico se hará completamente impredecible para el alcance de nuestra especie.

Pero mientras ese día llega —y mientras no llega—, la irrupción de la IA plantea cambios y temores en el mundo del trabajo. Numerosas son ya las voces que anuncian el fin de diversas profesiones, el relevo masivo de empleados a nivel global y la consiguiente crisis de desempleo mundial.

Un panorama desolador y una crisis permanente es lo que nos presentan los tecnoluditas del momento para el futuro laboral de la humanidad. Un futuro en el cual, según ellos y repitiendo la máxima de Viviane Forrester, «peor que ser explotado es no ser ni siquiera explotable».

No obstante, frente a tecnooptimistas y tecnodetractores, el futuro utópico o distópico aún no llega, y nuevas posibilidades de convivencia humano/IA empiezan a plantearse en nuestro presente inmediato. Como diría el filósofo estoico Séneca: «Sufrimos más a menudo en la imaginación que en la realidad».

El impacto en el mundo del trabajo

Al igual que en su momento la Revolución Industrial significó un impacto enorme en las poblaciones de diferentes partes del mundo —que se vieron afectadas y no siempre para bien—, la irrupción de la IA promete una serie de ajustes estructurales que impactarán en el mundo del trabajo.

La Revolución Industrial y cada nueva tecnología que vino con ella arrasaron puestos de trabajo, e industrias que existían hasta entonces casi sin cambios se vieron obligadas a adaptarse o perecer. Pero a cambio surgieron nuevos roles que multiplicaron por cientos y miles las oportunidades laborales previamente existentes.

Puestos de atención al cliente, secretariado y entrada de datos han visto reducidos sus niveles de contratación. Por otro lado, trabajos que requieren habilidades de interacción, supervisión y capacidad de razonamiento estratégico de pronto se ven potenciados por estos nuevos asistentes cibernéticos.

De acuerdo con datos de The Economist, los puestos de atención al cliente han sufrido una reducción cercana al 10%, mientras los roles de secretaría y asistencia administrativa experimentan una caída del 15% desde 2023.

Por su lado, Dario Amodei, cofundador de Anthropic, ha señalado repetidamente que la IA «podría eliminar la mitad de los empleos de cuello blanco de nivel inicial —trabajos profesionales y administrativos basados en tareas intelectuales más que manuales— y disparar el desempleo al 10% o 20% en los próximos uno a cinco años».

A contracorriente de lo usual y de manera más optimista, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) advierte que, si bien el riesgo de desplazamiento inmediato a gran escala es bajo, proyecta un escenario desfavorable en el cual podría verse comprometida la inserción laboral de hasta 5.6 millones de jóvenes a nivel global si no se les brinda la necesaria alfabetización digital y técnica.

Los nuevos roles

Paralelamente, mientras unos puestos desaparecen, han surgido nuevos roles gracias al auge de la IA. Así vemos surgir posiciones laborales hasta hace poco inéditas como ingenieros de prompts, entrenadores de datos para IA, especialistas en ética de IA, consultores de transformación con IA o auditores de sistemas sintéticos, entre muchos otros.

El trabajador aumentado

Si estamos de acuerdo con que la consolidación de la IA en nuestros centros de trabajo y emprendimientos está cambiando la naturaleza del trabajo humano y promoviendo nuevos roles, debemos preguntarnos: ¿cuál es el rol del trabajador humano hoy en día?

En primera instancia, el profesional de la era IA tiene como característica que sabe trabajar con la IA. Saber el manejo teórico de la IA no basta: tiene que tener el criterio para implementarla como un colaborador o socio en su trabajo.

Entonces podemos hablar de un trabajador aumentado en el sentido de que puede delegar las tareas recurrentes o repetitivas en la IA, a la vez que se centra en las actividades que requieren capacidades de análisis estratégico, la generación de relaciones basadas en la confianza, el arbitraje de criterio y la toma de decisiones con sentido ético.

El trabajador aumentado pasa a ser, entonces, una suerte de director de orquesta que, basado en el ejercicio de sus capacidades cognitivas y sociales, integra a la IA en sus tareas como colaboradora y potenciadora de sus habilidades laborales, pudiendo potencialmente incrementar su productividad a niveles para los que antes se requerían equipos enteros.

Para reflexionar

Fue apenas en noviembre de 2022 cuando se abrió la IA al uso público con ChatGPT por parte de OpenAI. Desde entonces hasta la actualidad, se han implementado cambios que superan con mucho la velocidad de los ocurridos entre 1995 y 1997, cuando se popularizó globalmente el uso de Internet.

Si bien la IA tendrá sin duda un impacto en cuanto a la reestructuración y el fin de muchas actividades laborales, también es cierto que, al igual que otras tecnologías surgidas desde la era industrial, tendrá un impacto positivo al generar nuevos roles y nuevas formas de entender y ejecutar el trabajo.

Los tiempos están cambiando.

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I. A. Budinich C.

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